Entre silencioso cual ladrón irrumpe en la noche, entre cauteloso apuñalando el piso con suavidad. Entre con el corazón gritando sin que nadie lo oyera.
Había vuelto a casa.
La noche era aun más noche dentro de las paredes, y yo me sentía como un halcón ciego. Camine lento, sin prender la luz. Conocía cada rincón, desde el polvo perpetuo hasta los invisibles ecos que hoy habían enmudecido. Deje mis cosas en el sillón, y el ruido de la caída me molesto.
Quería sentarme en algún lugar, pero de pronto todo se me volvió incomodo.
Sin darme cuenta ya estaba lavando los platos.
El ruido de la loza al rozar los cubiertos se me izo familiar. Había encendido solo la luz de la cocina, el zumbido de la ampolleta se me había clavado en los tímpanos, mucho más irritante que los platos. El agua huía de la llave, mas se refugiaba en los platos de los cuales no quería abandonar.
De pronto reí.
Reí, reí, y reí.
No se por que, fue como una de esas risas que vienen de la nada, al recordar un momento cómico lejano, un chiste que no pudo ser compartido, una imagen ridícula.
No pensaba en nada, nada de eso había ocurrido.
Y reí no fingidamente, pero si sin alegría, el alma estaba muda. Reí de la garganta hacia fuera.
A la casa le molesto, la ampolleta bajo su voltaje fluctuando entre cada uno de mis sonidos. Solo duro un minuto, un incomodo minuto.
Y llegaron ellas, las saladas, las inoportunas, las no invitadas, las contenidas, las que queman sobre todo en las noches. Y Por un breve segundo la libertad grito victoria, y pronto el silencio como juez se pronuncio. Y aun así seguían escapando por largos minutos, asesinas, caían con la fuerza de un puñal asesino y de la misma manera dolían. Cerré la llave de agua, y así también cerré la llave en mi garganta.
Trague, como otras veces, un nudo de hierro. Que pronto se alojo detrás de el esternon, arriba de la boca del estomago, latiendo suavemente. Volviendo de donde imagino que salio.
Miro hacia el piso, y como la escena de un crimen, estaba salpicado de gotas que no quería volver a mirar. Apague la luz, y salí en silencio.
Me senté en un sillón y no se si pasaron minutos o horas, mas el tiempo se me hizo seco. Algo me susurraba que estaba solo, y probablemente lo estaría por otros largos momentos. Se supone que no podía quejarme.
Quería encender un cigarrillo, mas no por la nicotina, si no por la sensación de calor que emitiría su lumbre. Deseche esta idea rápidamente. El silencio devoraría el fuego en segundos. Por un segundo intente pensar, pero en la oscuridad habitan los miedos, y pronto criaturas de pesadilla, de cabeza blanca, ojos sedientos de locura, y hambre atroz se engendraron en el fondo de la casa.
Temí…
No quería encender la luz, pero tampoco quería quedarme allí.
Subí por las escaleras, y estas no se quejaron como otras veces.
Mi habitación seguía estando allí, lamentablemente igual a como la deje.
Al dar un paso me sentí abatido, los ojos se me cristalizaron y creo que envejecí varios años.
Me senté en la cama, y como si estuviera imantado, lentamente fui atraído hacia la almohada. Despacio, levante algunas frazadas, y como gusanos de seda, comenzaron a tejer una capa de hilos sobre mi. El frió se hacia mas perpetuo.
Las sombras de los objetos empezaron a cambiarse, cual hora del te fuera. Pronto estaba con la mirada fija en un montón de ropa, que, también sin darme cuenta, estaba sobre mis pies, como perro que abriga a su amo. Mi voz atrofiada intento salir, mas no se escucho ni un eco, solo en el aire se dibujo un imperceptible vapor.
Escuche atento, como las válvulas de mi corazón comenzaban a desoldarse. Mis artesanales reparaciones empezaron a resquebrajarse, y la sangre comenzó a brotar por recovecos internos de mi pecho. Pronto se inundarían los pulmones.
Y mi mirada se centro en el techo, donde hace años un cartel decía “Levántate”, ahora se hallaba uno que decía, “duérmete”.
Algunas cosas habían cambiado en mi ausencia.
Comencé a temblar, tanto, por minutos largos, por minutos contados con otros minutos.
El frió se izo aun mas crudo, pero no tenia ganas de dormir aunque mi cuerpo lo quisiera.
Entonces apareciste tú…
Tal como en un sueño lejano, entraste, sin ceremonia, en silencio, no vi tu rostro, mas te vi acercarte. Levantaste las sabanas, apoyaste tus manos sobre mis hombros aletargados, mis costillas, rozaste uno de mis dedos. Con el resto de mis fuerzas logre ver tu torso, calido, la cama se resistió al calor repentino, crujió.
Aun con más fuerzas intente girarme, algo me desespero, y sentí como algunos huesos crujían, pero logre girarme. Pude ver tus labios. Rojos, llenos de vida, lejanos a 4 cm. de mi.
Uno de tus cabellos se escapo y callo sobre mi mejilla y casi se colapsa el corazón de la emoción, caricia lejana, enviada por el azar, la sonrisa esquiva aparece en mudos labios.
Tenia que acercarme mas, y sacando fuerzas de huesos astillados, logre acercarme unos centímetros, logrando alcanzar la piel, sencilla, pura, como una luna en una noche oscura. Logre abrazarte un poco mas, minutos después no sentía los brazos, mas me acerqué a tu cuello y cual perfume sobrecargo mis pulmones atiborrados de silencio.
Invoque oasis, invoque mar, invoque praderas, invoque hasta las mismas arenas del desierto sin nombre. Mas nada apareció, más solo estabas tu, mas solo estaba yo, mas el silencio se quebró, y de mi boca surgieron palabras que quemaron oxigeno.
-“llegaste….”
-“si”- respondiste tras segundos espectrales
Con esfuerzo mire hacia arriba y contemple tus ojos, tan brillantes como la luna que había despreciado, tan exóticos como los lugares que había visitado, tan calidos que terminaron por quebrar mis lamentos. Y esa mirada se esparció en mi mente, entre espejismos casi eternos, rápido, como un rayo, como la anestesia, como el grito de un recién nacido.
-Te extrañe- musite al borde de perder el sentido
-Yo también- dijiste, y terminaste por resquebrajar las débiles defensas que tenia.
Deje de temblar, deje tantas cosas en ese instante. Perdí lentamente contacto con mi mundo, para caer en el tuyo.
Y soñé
Soñé,
Sonreí, y viví una vida entera en segundos.
Y el sueño me llevo, lejos, lejos, aferrado, sin sentido, sin voz.
Y justo antes de caer rendido ante la fuerza de tal ola voraz, directamente en tu oído susurre un “te amo”.
Que termine de decir al despertar horas mas tarde.
Y el silencio opaco la habitación, las cuerdas vocales se desgarraron, y por poco casi termino yo mismo de quebrar mis costillas.
No estabas allí.
Y las saladas intentaron asaltarme.
Más, lleve mis manos a mi cara, y percibí tu aroma.
Acomode mi cuerpo en la cama y sentí tu calor,
Respire suavemente en la almohada y me deleite con tu esencia que aun permanecía tenue.
Y logre sonreír.
Afuera de la ventana el sol de invierno maldecía al mundo, el cielo en otros lugares se quemaba y un mar tempestuoso amenazaba navíos sin velas.
Yo sonreí con la mano en mi nariz. No me moví en horas.